A ti, Amacita, luz de mi existir,
Abuela del alma, recuerdo sin fin.
En tus brazos hallé mi primer nido,
Bajo tu amor, mi ser fue tejido.
Tus manos, caricias de suave tesoro, Contaron historias de antiguo decoro.
Tus ojos, ventanas de sabia mirada, Enseñaron la vida, serena y amada.
En tu ejemplo encontré la nobleza,
La fuerza callada, la firmeza.
Aprendí de tu entrega, sin par ni medida,
La esencia del alma, valiente y florida.
Tu voz, melodía que el tiempo no borra,
Aún resuena en mi pecho, cual dulce aurora. Tus risas, cascadas de alegre cristal,
Ecos que vibran, ¡presentes están!
Aunque tu presencia terrenal se ha ido,
Tu espíritu vive, mi eterno latido.
Tu trascendencia florece en mi andar,
Semilla de amor que no deja de amar.
Amacita bella, mi guía, mi faro,
Tu legado perdura, ¡tan claro y tan raro!
En cada suspiro, en cada oración,
Siento tu amor, ¡eterna lección!
Gracias, Amacita, por tanto cariño,
Por ser mi raíz, mi eterno designio.
Tu recuerdo es un bálsamo, dulce y profundo, ¡Mi abuelita amada, por siempre en mi mundo!
César Augusto Soto Fajardo
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MORELIA, MICHOACÁN, MÉXICO
29 DE MAYO DE 2025

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